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lunes, 29 de marzo de 2010

A gran velocidad

Hace unos minutos el cielo se había tornado oscuro, abriéndole paso a la noche. Recorriendo la autopista “por la libre” un hombre de mediana edad conducía su motocicleta a más de 120 kilómetros por hora; abrazado a él, estaba su novia aferrándose a su abdomen con temor a caerse por la velocidad a la que conducía.

Habían tenido un fuerte lazo desde que se conocieron, por pura casualidad la torpeza del muchacho hizo que se tropezara con ella en el camino y que la hiciera caer en plena calle; después de que la ayudara a levantarse empezaron a platicar, a ella le fascinó su manera de hablar, él quedó enamorado de sus ojos y del eco de su risa. Meses atrás decidieron comprometerse, se casarían en apenas unas cuantas semanas más. Ese día se dirigían a pasar unas noches fuera de la ciudad, solo para relajarse y pasar algunas horas estando juntos, disfrutando no de otra cosa sino de ellos mismos.

- Desacelera. Estoy asustada- dijo con verdadera angustia.
-No, esto es divertido.
-No, no lo es. No juegues así. Por favor, esto es espantoso-estaba a punto de llorar.
-Está bien, pero con una condición.
-La que quieras.
-Dime cuánto me quieres. Sé honesta.
-Te adoro, te quiero muchísimo. Sabes que no sé lo que haría sino estuvieras conmigo.
-Seguramente no estarías en esta situación ¿no lo crees? –bromeó.
-Muy chistoso-le reclamó- ¿Ahora puedes bajarle a la velocidad?
-Sí, sólo…abrázame, abrázame con todas tus fuerzas- y así lo hizo ella, para después darle un pequeño beso en el hombro- Antes, ¿puedes quitarme el casco y ponértelo? Quiero sentir el aire en mi cara por unos segundos a esta velocidad.

Al otro día, en las noticias de la mañana se dijo que una motocicleta, debido a que sufrió una falla en los frenos, había perdido el control y se había volcado a mitad de la autopista. Dos personas estaban en la moto, pero solamente una de ellas logró sobrevivir.

La verdad fue que en el camino, mientras el hombre conducía, se dio cuenta de que los frenos no servían, pero no quiso que su novia se enterara. En lugar de eso, hizo que ella le recordara que lo amaba, sintió su abrazo una última vez y logró que se pusiera su casco, así ella podría sobrevivir, incluso si eso significaba que él moriría en su lugar.
Anónimo

domingo, 14 de marzo de 2010

La leyenda de la noche (Final)

Estuve esperando con ansia el siguiente viernes, me preguntaba que tal le estaría yendo al muchacho de la guitarra desde la semana pasada; de nuevo lo volvería a ver. Fui al bar como ya era de costumbre, caminé más allá de la plazuela donde nos dimos aquel beso y entré.

El bar estaba vacío, a excepción de unos cuantos clientes y el dueño del local. La silla donde siempre se sentaba estaba sola, como si supiera de antemano lo que sucedería.

-Disculpe, ¿sabe dónde está el muchacho que viene cada viernes?-le pregunté al hombre que me atendió la primera vez.
-Oh! Eres tú.-me contestó-No lo sé, hoy vino a avisar que se iba, sólo eso.

Sentí que con esas palabras mi corazón se llenaba de yagas; un vacío inmenso recorrió mi cuerpo como una helada de aire. La felicidad que hace unos momentos irradiaba se desvanecía para abrirle paso a ese extraño sentimiento. Me quedé esperando algunas horas más con la esperanza de que volviera a entrar por esa puerta como semanas anteriores, todo en vano, pues sin duda esa noche no oiría los melódicos acordes acústicos de su guitarra.

Así pasó un viernes, el otro y el siguiente; la inspiración moría, se desgastaba sólo de pensar que era una semana más que pasaba sin verlo, sin perderme dentro de su música. Ciertamente los ansiados viernes se convertían en una vuelta de moneda, echaba todo a la suerte, pero siempre era el mismo resultado, cada viernes que regresaba a ese lugar él no estaba y mis esperanzas se destrozaban más por verlo una vez más.

Resultó que uno de los tantos viernes en los que regresaba al bar una lágrima comenzó a deslizarse por un camino que recorría mi mejilla; no me explicaba la razón de esto, llevaba mes y medio tratando de averiguar que habría sido de aquel muchacho después de que se marchó sin decir palabra alguna.
Además se había ido después de nuestro encuentro en la plazuela. No podía creerlo, ni siquiera pude platicar con él; fue algo inesperado, algo mágico que sólo hubiera podido ser parte de un sueño, pero estoy segura que no lo era, fue tan real, las emociones y sentimientos seguían latentes. Era como un cuento de hadas, él era el dragón y yo la princesa que se dejó capturar; lo malo es que alguien se olvidó de escribir el final feliz.

-No llores- me dijo una voz que iba acercándose –si lo sigues haciendo las lágrimas no te dejarán
ver las estrellas.
-¿Cuáles estrellas? ¿No has visto el cielo esta noche? No hay nada sino oscuridad- respondí un tanto altanera.
-No me refería a eso-se defendió el desconocido.
-Imagina que aquí dentro es de noche…-pausó unos segundos, como si le costara trabajo completar su frase-…y que yo soy tu cielo estrellado.

Me quedé petrificada, sorprendida, estaba segura que había escuchado antes esas palabras y esa voz se hacía cada vez más familiar. Me levanté de la silla y volteé hacia él. Era el muchacho de la guitarra y alguna vez pronunció esas mismas palabras en una de sus canciones. Ni siquiera supe lo que sentí cuando me di cuenta que era él, sólo me acerqué y lo abracé con todas mis fuerzas.

-¡Tonto! ¿Por qué te fuiste?-pregunté sin poder contener las lágrimas.
-Estaba confundido, tenía que darme un tiempo para pensar.
Me quede pensando y traté de contestar lo menos alterada posible –Bueno, ya regresaste, ahora si podremos darnos tiempo para conocernos.
-Sí, ya lo creo. Empecemos con saber tu nombre.
-No es necesario saber el nombre de alguien para conocerlo.
Sonrió ante mi respuesta, quizá un posible dejavú.
-Cierto. Bien, ahora siéntate y deja que te invite un chocolate caliente, claro, sin azúcar.
Enrique R

sábado, 13 de marzo de 2010

La leyenda de la noche

Era una de las rutinas que más me gustaba tener. Desde hace dos meses se había vuelto costumbre ir a aquel bar justo detrás de la plazuela. No es que me gustara ir cada viernes a tomarme unos cuantos tragos a la salud de una semana más que terminaba; al contrario, desde el primer viernes que fui a parar ahí pedía un chocolate caliente y sin azúcar.

Era otra la motivación que me incitaba a llegar al bar cada viernes, sentarme en la misma mesa de siempre y dejarme llevar como hace tiempo no lo hacía. Era el muchacho de la guitarra quien inspiraba cada semana que yo regresase a aquel bar, sola y con el único objetivo de perderme en sus acordes y en las melodías que dulcemente entonaba.
La primera vez que llegué aquí había sido un mal día, en realidad toda la semana había estado horrible; problemas familiares, económicos y quizá no volvería a ver a mi mejor amigo nunca más por una simple rencilla, creo que nada me salió bien por esos días. Cuando di a parar a ese par por casualidad estaba caminando sin rumbo fijo, con unas cuantas lágrimas en los ojos y grandes ojeras, marcas indudables de la falta de sueño. Fue entonces cuando una joven, casi de mi edad, me entregó un volante.

LA LEYENDA DE LA NOCHE
BAR & CAFÉ
Música en vivo “El compositor”

Fui a distraerme un poco, al fin que no tenía nada más que hacer, no perdería nada con ir a ver, o al menos eso supuse.

-Buenas noches.
-¿Qué tal? ¡Bienvenida! Pero pase, no se quede afuera. Venga, pase, tome asiento.
-Gracias.
-¿Se le ofrece algo de tomar? ¿Vino tinto, una margarita, tal vez un café negro bien cargado?
-¿Me podría traer un chocolate caliente?
- Sí- la cara de confusión del hombre me decía que nadie pedía eso por aquí.
-Y sin azúcar, por favor.
-En seguida, señorita.

Mientras esperaba, un muchacho con pantalones cargo y una holgada camisa de tela afinaba su guitarra en la mea de al lado. Tenía el cabello largo, recogido en una sutil cola de caballo y la muñeca derecha cubierta de pulseras. Supuse que él sería el llamado “Compositor”.

Me quedé sentada mientras él entonaba una canción, que aunque ya era bastante conocida, no perdía la magia al volver a escucharla. El muchacho tenía una voz hermosa que acompañaba la melodía de su guitarra en una sublime combinación. El hombre que me recibió en la entrada trajo mi chocolate caliente.

-Aquí tiene, señorita.
-Sí, gracias…Disculpe, el muchacho de allá, ¿sabe usted cómo se llama?
-¿El joven de la guitarra?
-Sí-dije, esperando su respuesta.
-No, no lo sé. Desde el día en que lo contraté no lo ha mencionado. No suele hablar mucho.
-¿Usted lo contrató? ¿Cómo puede darle trabajo a alguien que ni siquiera sabe cómo se llama?
-Sí, también me lo pregunté al principio- dijo, mientras se sentaba junto a mí-pero fue un caso especial. Hace casi quince días, en la noche fui a dar un paseo allá en la plazuela, él estaba sólo sentado en una banca, llorando…
-¿Llorando? ¿Por qué?
-No lo sé, nunca le pregunté. Como decía, estaba entonando una canción algo triste, mas un deleite para los oídos. Me acerqué y le ofrecí trabajo aquí los fines de semana. Aceptó, pero sólo viene los viernes.
-Qué misterioso ¿no?
-Sólo un poco- respondió y se levantó para atender a una pareja que venía entrando.

La música seguía, el muchacho de la guitarra parecía estar más concentrado en su propio mundo que en lo que a su alrededor ocurría. ¿Qué podría estar pensando? Era como si fuese transportado a otro sitio con su propia música. De pronto se levantó de su silla, recogió sus cosas y salió por la puerta de enfrente.

Todo fue de la misma manera por casi dos meses; llegaba, pedía lo de siempre, me sentaba en el lugar de costumbre y me disponía a escucharlo. Él por su parte, se preparaba, afinaba su guitarra, tocaba unas cuantas canciones nostálgicas y se marchaba del bar sin decir palabra alguna. El séptimo viernes pasó lo mismo, sin embargo, cuando partió, me levanté y me decidí a hablarle. Tenía que saber quien era en verdad aquel muchacho.Salí corriendo detrás de él para alcanzarlo. Hasta ahora no me había dado cuenta que había luna llena, blanca, única en un cielo nocturno sin estrellas.

-¡Oye! Espera, no te vayas.
Pareció no escucharme. Corrí hasta alcanzarlo y sujeté su brazo. –Espera- repetí mientras se detenía.
-¿Qué ocurre? –Preguntó sin voltear.
-¿A dónde vas?
-A ningún lado.
-Entonces ¿por qué la prisa?
-Todos huimos de algo.
-Y tú huyes de mí.
-No, por supuesto que no. Escapo de lo que pueda pasar.
-¿Cómo qué?
-Que me enamore de ti.
¿Y eso sería terrible?
-No, al contrario. Sería una gran dicha, un regalo, por así decirlo.
-Lo que dices es que…
No pude terminar la frase. Como de la nada él se acerco a mí, cerré los ojos y sus labios se encontraron presionando los míos. Por unos instantes el tiempo dejó de correr.
-Me tengo que ir- me dijo.
-Por...-no podía coordinar mis ideas- ¿Al menos puedo saber tu nombre?
-No es importante saber como se llama alguien para conocerlo-respondió al tiempo que se marchaba.
-Pero ni siquiera nos conocemos-alcancé a decir entre susurros, antes de que las lágrimas comenzaran a salir.
Enrique R

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Un deseo de año nuevo (VI, VI)

Alicia sostenía una copa de vino tinto. En su rostro se plasmaba una cálida sonrisa, mientras jugueteaba con la copa y observaba hacia fuera de la ventana. Los fuegos artificiales retumbaron con eco profundo, conjurando un espectáculo de brillantes luces en el cielo nocturno.

-¡Por un feliz Año Nuevo!- brindó la mamá- ¡Que en esta casa nunca nos falte amor ni alegría!

- ¡Por un año lleno de oportunidades!- siguió Eduardo.

-¡Que todos tengamos salud! –comentó una tía.

-¡Y nuevos viajes repletos de aventuras!- exclamó el papá.

-¡Yo brindo por todos ustedes, que cumplan todos sus sueños!-gritó por último Alicia– Y también brindo por Ernesto, que aprenda a ser feliz y se divierta, que disfrute cada nuevo día como si no tuviera nada que perder, que aquella entereza que siempre me muestra no desaparezca ante nada, también que quiera con pasión y quien lo corresponda lo quiera de igual manera. Pero quisiera que él esté conmigo, a mi lado, mi amigo, mi querido amigo–pensó, mientras alzaba su copa.

VII

12…

-¿Un deseo?

11…

-Es cierto, no pierdo nada si lo intento.

10…

-Con un poco de fe se logran grandes cosas-pensaba.

9…

-Solo creyendo.
8…

-Deseo…-titubeaba incluso para sus adentros-deseo que nunca se esfume su tierna sonrisa, que
acepte nuevos retos en su camino, que sus lindos ojos nunca pierdan el brillo que le dan misterio a su mirada y que sea ella como siempre, a su manera. Desearía que Alicia cumpla sus más grandes anhelos, que jamás se sienta sola, que encuentre a alguien que la quiera y proteja como yo mismo lo haría; en fin, sólo quiero que siempre sea feliz como hasta ahora lo ha sido.

2…

Retumbó la última campanada de la noche.

1…

-¡Feliz Nuevo Año! ¡Que cumplan todos sus sueños!-gritó Ernesto, con un nuevo aire de esperanza.
Enrique R

Un deseo de año nuevo (IV, V)

¿Pero él sabe que te gusta?

-No- era imposible seguir fingiendo para con su hermano –Nunca hemos hablado de ello.

-¿Crees que quizá tú le gustes? Digo, quién no sentiría algo por mi pequeña hermanita.

-No –contestó secamente.

-¿Qué dices? ¿Por qué?

-Lo he visto enamorado. Además de qué es muy obvio, hace mil y una cosas para conseguir la
atención de quien quiere.

- Entonces… –quiso proseguir, pero no encontró cómo.

-Sí, sólo me ve como una amiga, su amiga con quién puede divertirse, compartir momentos, contar chistes, descubrir el mundo de a poco; sin embargo…-estuvo a punto de que la voz se le quebrara en el instante -…no como su novia.

Su hermano no pudo pronunciar palabra alguna, se redujo a compartir con Alicia una mirada de comprensión y un cálido abrazo fraternal. Ninguno retomó el tema ese día y se prepararon para el tradicional brindis familiar de Año Nuevo.
V

Las copas estaban listas, cada una con doce uvas y sangría hasta la mitad. Ernesto no creía en pedir un deseo con cada campanada que anunciara el último minuto del año que estaba por partir, mas el brindis no podía faltar ese día.

- ¿Cada quién tiene su copa con sus uvas? –preguntó la madre de Ernesto a toda la familia.

-Sí-contestó cada uno a su turno.

- Ya tengo mis doce deseos- comentó la prima de Ernesto, acercándose un poco a él y
susurrándole –deberías de usar al menos uno de los tuyos por tu princesa de cuento de hadas.

-No…

-¡Chis!- lo calló y continuó-No cuesta nada tener un poco de fe e intentarlo.
La campana de la iglesia en la otra calle sonó. Todos guardaban silencio. La cuenta regresiva había empezado.
Enrique R

Un deseo de año nuevo (III)

Quiero creer que hay una persona allá lejos, sentada con su familia, disfrutando de este día, pensando lo que yo- continuó diciéndole a su tío.

-¿Entonces ella te gusta?

Ernesto quedó desconcertado ante una pregunta tan directa y de un tema que nunca había tocado con alguien de su familia -¿Cómo…?- se detuvo antes de acabar de formular la pregunta-La considero una de mis mejores amigas y sí, creo que siento algo por ella, pero no sé lo que piense de mí con respecto... a tú sabes…eso.

-Eso es fácil, sólo es cuestión de…- lo interrumpió.

-Sí ya sé, sólo es cuestión de preguntarle, saber que piensa y a ver qué pasa- prosiguió- es que es muy difícil, ella es diferente en estás cosas. Mi mejor amiga me alienta y me dice que somos muy parecidos, que compartimos un idioma que nadie puede entender mientras ella y yo conversamos de lo que sólo ambos comprendemos. También creo que no es como todas las demás, tiene algo que la hace ser especial, distinta y pues no sé como decirle, simplemente no me salen las palabras en el momento.

-Sabes, dicen por ahí que cuando su presencia te arranca los más largos suspiros y se te olvidan las palabras que tanto ensayaste, quizá estés perdidamente enamorado- le interrumpió su prima con singular carisma, pues había estado escuchando la conversación.

-Tal vez, pero ella no lo sabe.
Enrique R

Un deseo de año nuevo (I, II)

Y esa sonrisa que te pintas- le dijo su tío ya casi al dar las 12 en esa noche- pensaba que no creías en estas fechas.

-No es que haya cambiado de opinión, pero hoy creo en otra cosa- respondió Ernesto con un aire de grata felicidad que hubiera sido capaz de contagiar a todos a su alrededor, claro, si es que no hubiesen estado ya alegres por el inicio de un año venidero.

En la mesa estaban comiendo los invitados que recién habían llegado a unirse a la celebración, mientras Ernesto y su tío platicaban como no lo hubieran hecho en días diferentes a éste.

-¿Y que es eso otro en lo que crees que te hace tan dichoso?-

- No es que lo crea, sino que lo quiero creer.

II

La gente seguía llegando y entre más personas había, menos espacio quedaba para poner la comida que traían para seguir con la fiesta. Eran unas veintisiete personas que se reunían para festejar en aquella casa.

-¿Por qué me ves? ¡Eduardo ya come y ve para otro lado que me siento acosada!- le reclamó Alicia a su hermano mientras ambos comían.

- Calma, lo que ocurre es que te notó distinta, un poco más contenta de lo que acostumbras- contestó para su hermana.

- ¡Claro! Me gusta comer y este pastel está riquísimo- se defendió-¿Qué más podría ser?

-Seguro mi pequeña hermanita está enamorada- dijo un tanto en burla un tanto en serio- por eso no puedes quitar esos ojos de ilusión.

-Oh, claro, no sabes, no dejó de pensar en él- dijo en tono sarcástico esperando confundir a su hermano-en especial cuando estoy comiendo…
Enrique R

jueves, 17 de diciembre de 2009

Demolición

Yo no sé por qué, pero mi casa está siendo demolida. Según lo que alcanzo a ver desde esta ventana, es algo para construir nuevas residencias para la gente de escasos recursos.

-¡Deténganse, no la tiren!- empecé a gritar, pero nadie me oía; además si lo hicieran, nadie le haría caso a este hombre detrás de la ventada, aquel que perdió una de las fortunas más grandes del mundo. Ya no merecía el respeto que siempre requerí, ya no más.

Al menos este espacio sería usado para algo que ayudará a la gente, nunca lo hice por mi mismo, pero esto es un buen comienzo. Si tan sólo mis familia estuviese defendiendo lo que me pertenece, pero no lo merezco, dejé de merecer su cariño hace tiempo. Siempre estuve buscando lo mejor y cuando conseguí la constructora creí haberlo encontrado; cuidaba mi nueva fortuna, aunque dejé de preocuparme de cosas importantes, como mi familia.

Me perdí la boda de mi hija y no estuve ahí cuando nació mi pequeño nieto, aunque quise compensarla con un regalo, ella dijo que no quería mi sucio dinero. Hace tres años se fue a Lile y no he vuelto a hablar con ella desde entonces.

Recuerdo los gratos momentos que pasé al lado de mi esposa, las miradas, los besos, el amor que de ambos emanaba era soñado. Hace días se fue de la casa; un buen día llegué del trabajo, ya no estaban ni sus cosas ni ella, sólo había una nota sobre la cama:
“Suerte Ricardo, ahora tienes la riqueza que deseabas, espero la disfrutes.
Te quiero, Aurora.”

Aún me retumban esas palabras en la cabeza, cómo duele haber tenido tanto y ahora que lo necesito, darme cuenta de lo que perdí. Tal vez aún no sea demasiado tarde, quizá mi mujer halla ido a la casa de su hermano y mi hija aún conservé su viejo número de celular. Las llamaré, le diré que he cambiado, podré iniciar desde cero y ahora cuidando lo que en verdad importa conservar.

Se cae la casa de poco a poco, si no salgo cuanto antes tal vez no salga. Si tan siquiera pudiera mover ese estúpido cuerpo mío, si por lo menos se levantara de ese sillón en donde yace desde hace días, si me dieran otra oportunidad…
Enrique R

sábado, 12 de diciembre de 2009

La boda

Se suponía que este sería el día más feliz de toda su vida.

Era el día de la boda de Jazmín. Ella sentía como si el alma se le hubiese volado fuera del cuerpo, creía ver todo desde el exterior, como una espectadora de sí misma.

Veía su cara cubierta con el clásico velo que complementaba su largo vestido blanco. Todo estaba en silencio, su novio trajeado de negro a su lado derecho y tomándola de la mano; su padre en una silla justo atrás de los comprometidos.

No comprendía lo que pasaba, debería estar feliz, emocionada, pero nada. Ella estaba en calma, no sentía absolutamente sentimiento alguno, a excepción tal vez de una ligera nostalgia muy en el fondo de su ser.

Jazmín notó algo que la desconcertó de momento, su novio estaba llorando; “qué extraño” pensó, pues las novias son las que suelen llorar en estas ocasiones y su comprometido no solía ser el sujeto sentimental al que ahora estaba observando.

La boda estaba planeada para las 12 de la tarde y al cuarto para las dos nadie había llegado aún. Se empezaba a preguntar lo que pasaba y volvió a echar un vistazo a donde ella y su novio aguardaban.

Fue entonces cuando se dio cuenta. Se encontró recostada sobre una especie de altar, sin ninguna expresión bajo el velo. Una cruz formada con veladoras y su nombre escrito con pétalos de flores.Ya se había percatado de lo que sucedía. Jazmín comprendió por que podía ver la escena desde fuera y la razón de que su novio llorara; sin embargo había una cosa que no entendía.

Tenía puesto su vestido de novia, iba a ser enterrada con él, ella así lo hubiese querido. Jazmín había muerto la noche anterior, pero nadie supo cómo ni por qué.

El padre se levantó cuidando que nadie viera dónde escondía el frasco con las pastillas, las mismas que impidieron la boda de su hija, ese mismo día.
Enrique R

Suicida

Hoy debería de haber sido un día especial.

Hace algunos minutos que había logrado que su hija se quedase dormida. Estaba confundido, alarmado. Julián parecía no encontrarle sentido a lo que hacía desde hace unos días, pero hoy era el día en que peor se sentía consigo mismo; no sabía por qué, pero lo inundaba una profunda melancolía.

Se sentó en el sofá y se puso a pensar, en su mente no hallaba la respuesta a su nostalgia. De repente se levantó y se acercó fervientemente al balcón, clavó su mirada en el cielo y luego al suelo.

Julián vivía en un pequeño apartamento en el sexto piso de un edificio que se erigía sobre una de las más transitadas calles de toda la ciudad. Pensaba que lo que estaba a punto de hacer necesitaba una gran entereza, estaba seguro que no era cobarde, qué podría ser más valiente que enfrentarse a la muerte misma.

-Por favor, sálvanos, concédenos el descanso eterno…- rezaba, mientras sentía perder el aliento. Si no moría por la caída, los autos lo harían, estaba al borde de lanzarse…Al momento recordó. Vino a su memoria todo lo que creyó haber olvidado. Recordaba la pelea que tuvo con su esposa, los insultos y las palabras que se dijeron mutuamente. Se arrepentía de no haber dicho un lo siento antes de que Sandra hubiese salido a trabajar esa mañana. Maldecía esa insensata llamada que pedía un rescate de millones por la bella dama con quien él se había casado. Le dolía que su salario de obrero no le hubiese permitido pagar la suma que le pedían para recuperar a su mujer.

Se suicidó.

Sandra se había suicidado por temor a lo que los asaltantes le pudieren haber hecho o al menos eso le dijo la voz en el teléfono semanas atrás. La había querido como nadie, era su mejor amiga, su confidente, su pareja; pero ahora era sólo un recuerdo grato y doloroso del pasado.

Julián se alejó del balcón, no era justo hacerle esto a su hija, al menos no hasta que fuese mayor. La chiquilla estaba despierta, parada en la puerta viendo a su papá. Él se acercó con una mueca de sonrisa aletargada, aguardando el comentario de su pequeña.

- Hoy es su cumpleaños- dijo la niña – Papi, alégrate, seguro mamá hoy si regresa a casa.
Enrique R

sábado, 28 de noviembre de 2009

Despedida

Silencio.

Está a punto de empezar a llover. Aquel hombre camina errante como si no tuviera qué perder y se detiene al borde de las escaleras. Toma un pequeño vistazo, ve que ella se viene acercando con un paso calmado hacia él. Él la espera hasta que llegue a donde está, pero sigue caminando sin notar su presencia. Su mirada la sigue hasta que pasa el descanso de las escaleras y desaparece.

Aquel hombre que caminaba errante hacia las escaleras se queda desconcertado ¿A dónde va ella? ¿Por qué ni siquiera se despidió? Mueve el pie derecho y luego el izquierdo, empieza a caminar por donde ella lo hizo hace unos segundos, sigue su camino, pretende conseguir algunas cuántas respuestas. Baja un piso, luego otro y continúa hacia la puerta de cristal. La gente a su alrededor parece no importarle, tampoco el hecho de que grandes nubes negras están cubriendo la bóveda celeste.

Apresura un poco el paso con el único fin de alcanzarla, sin que ella se de cuenta, él ya se encuentra a unos cuantos pasos. El hombre lanza un gritó clamando su nombre y ella se detiene; él avanza unos metros para colocarse frente a frente. Cuando está a punto de lanzarle miles de preguntas, se le vienen a la mente todos los sentimientos y emociones que ella le había provocado. Era ella quién le había arrancado tantos suspiros y ese instante se convierte en el momento preciso.

Al ser incapaz de controlarse, el hombre se abalanza súbitamente hacia ella con ilusión en su rostro al tiempo que ella se arroja a sus brazos. Él dice todo lo que había estado guardando.
Ambos se reparten los besos y caricias que mantenían en secreto. Todo es como un sueño…un sueño que no es más que eso, nada más de lo que pasaba en los pensamientos de aquel hombre, de lo que imaginaba.

Regresa a la realidad.

Se miran a los ojos. Él separa los labios para pronunciar aquellas hermosas frases que jamás tuvo el valor de decir. Exhala un suspiro y se le olvidan todas las palabras que tanto ensayó, todo lo que quiso decir hace unos segundos ya no está.

Podía decirle cualquier cosa, pedirle que esperara un poco más, que no se fuera. Aquel hombre no hace nada para evitar su partida. Un simple adiós es la única palabra que emana de entre sus labios apenas abiertos.

Ganas de correr, ganas de huir de ese lugar.

Ella con la mirada hacia el suelo, alza poco a poco su rostro hasta estar en contacto con sus ojos. Él la mira fijamente, a ella y a sus ojos a punto de llorar.

Esperan unos segundos, aún mirándose de frente. Ambos impacientes, aguardando que suceda algo que los aferre el uno al otro para siempre, por unos minutos más. Segundos pasan robándose el tiempo, pero nada ocurre. Podrían seguir ahí por siglos, pero empieza a llover.Ella le responde con un hasta siempre que deja con su partida todas las fantasías guardadas, pero se lleva con ella todas las cálidas experiencias que vivieron juntos. Una lágrima de nostalgia recorre su mejilla derecha. Se da cuenta que es tiempo de partir, aunque por dentro no lo desee.

Recuerdos golpeado el presente.

Se vuelven a dirigir una mirada inocente. No dicen nada y ella se marcha. Él no puede dejar las cosas así, tiene que hacer algo. Quiere cumplir sus más grandes sueños, a cualquier precio, eso no importa, ya nada importa. Grita su nombre y la llama, ella no lo escucha; corre para hacia donde está y aunque ella vaya con paso calmado, no es capaz de alcanzarla.

Ella sube unas escaleras y se esfuma.

Aquel hombre se tira al suelo y llora. No cesa el dolor que siente por haberla dejado ir. Imagina esos ojos que lloraban cuando se despidieron de él mientras llovía. La recuerda, no logra olvidar sus tiernos ojos verdes que vio por última vez hace tres años, cuando con una sonrisa partió de su vida. La piensa y suspira por ella.

Es de noche y aún sigue lloviendo.
Enrique R