sábado, 13 de marzo de 2010

La leyenda de la noche

Era una de las rutinas que más me gustaba tener. Desde hace dos meses se había vuelto costumbre ir a aquel bar justo detrás de la plazuela. No es que me gustara ir cada viernes a tomarme unos cuantos tragos a la salud de una semana más que terminaba; al contrario, desde el primer viernes que fui a parar ahí pedía un chocolate caliente y sin azúcar.

Era otra la motivación que me incitaba a llegar al bar cada viernes, sentarme en la misma mesa de siempre y dejarme llevar como hace tiempo no lo hacía. Era el muchacho de la guitarra quien inspiraba cada semana que yo regresase a aquel bar, sola y con el único objetivo de perderme en sus acordes y en las melodías que dulcemente entonaba.
La primera vez que llegué aquí había sido un mal día, en realidad toda la semana había estado horrible; problemas familiares, económicos y quizá no volvería a ver a mi mejor amigo nunca más por una simple rencilla, creo que nada me salió bien por esos días. Cuando di a parar a ese par por casualidad estaba caminando sin rumbo fijo, con unas cuantas lágrimas en los ojos y grandes ojeras, marcas indudables de la falta de sueño. Fue entonces cuando una joven, casi de mi edad, me entregó un volante.

LA LEYENDA DE LA NOCHE
BAR & CAFÉ
Música en vivo “El compositor”

Fui a distraerme un poco, al fin que no tenía nada más que hacer, no perdería nada con ir a ver, o al menos eso supuse.

-Buenas noches.
-¿Qué tal? ¡Bienvenida! Pero pase, no se quede afuera. Venga, pase, tome asiento.
-Gracias.
-¿Se le ofrece algo de tomar? ¿Vino tinto, una margarita, tal vez un café negro bien cargado?
-¿Me podría traer un chocolate caliente?
- Sí- la cara de confusión del hombre me decía que nadie pedía eso por aquí.
-Y sin azúcar, por favor.
-En seguida, señorita.

Mientras esperaba, un muchacho con pantalones cargo y una holgada camisa de tela afinaba su guitarra en la mea de al lado. Tenía el cabello largo, recogido en una sutil cola de caballo y la muñeca derecha cubierta de pulseras. Supuse que él sería el llamado “Compositor”.

Me quedé sentada mientras él entonaba una canción, que aunque ya era bastante conocida, no perdía la magia al volver a escucharla. El muchacho tenía una voz hermosa que acompañaba la melodía de su guitarra en una sublime combinación. El hombre que me recibió en la entrada trajo mi chocolate caliente.

-Aquí tiene, señorita.
-Sí, gracias…Disculpe, el muchacho de allá, ¿sabe usted cómo se llama?
-¿El joven de la guitarra?
-Sí-dije, esperando su respuesta.
-No, no lo sé. Desde el día en que lo contraté no lo ha mencionado. No suele hablar mucho.
-¿Usted lo contrató? ¿Cómo puede darle trabajo a alguien que ni siquiera sabe cómo se llama?
-Sí, también me lo pregunté al principio- dijo, mientras se sentaba junto a mí-pero fue un caso especial. Hace casi quince días, en la noche fui a dar un paseo allá en la plazuela, él estaba sólo sentado en una banca, llorando…
-¿Llorando? ¿Por qué?
-No lo sé, nunca le pregunté. Como decía, estaba entonando una canción algo triste, mas un deleite para los oídos. Me acerqué y le ofrecí trabajo aquí los fines de semana. Aceptó, pero sólo viene los viernes.
-Qué misterioso ¿no?
-Sólo un poco- respondió y se levantó para atender a una pareja que venía entrando.

La música seguía, el muchacho de la guitarra parecía estar más concentrado en su propio mundo que en lo que a su alrededor ocurría. ¿Qué podría estar pensando? Era como si fuese transportado a otro sitio con su propia música. De pronto se levantó de su silla, recogió sus cosas y salió por la puerta de enfrente.

Todo fue de la misma manera por casi dos meses; llegaba, pedía lo de siempre, me sentaba en el lugar de costumbre y me disponía a escucharlo. Él por su parte, se preparaba, afinaba su guitarra, tocaba unas cuantas canciones nostálgicas y se marchaba del bar sin decir palabra alguna. El séptimo viernes pasó lo mismo, sin embargo, cuando partió, me levanté y me decidí a hablarle. Tenía que saber quien era en verdad aquel muchacho.Salí corriendo detrás de él para alcanzarlo. Hasta ahora no me había dado cuenta que había luna llena, blanca, única en un cielo nocturno sin estrellas.

-¡Oye! Espera, no te vayas.
Pareció no escucharme. Corrí hasta alcanzarlo y sujeté su brazo. –Espera- repetí mientras se detenía.
-¿Qué ocurre? –Preguntó sin voltear.
-¿A dónde vas?
-A ningún lado.
-Entonces ¿por qué la prisa?
-Todos huimos de algo.
-Y tú huyes de mí.
-No, por supuesto que no. Escapo de lo que pueda pasar.
-¿Cómo qué?
-Que me enamore de ti.
¿Y eso sería terrible?
-No, al contrario. Sería una gran dicha, un regalo, por así decirlo.
-Lo que dices es que…
No pude terminar la frase. Como de la nada él se acerco a mí, cerré los ojos y sus labios se encontraron presionando los míos. Por unos instantes el tiempo dejó de correr.
-Me tengo que ir- me dijo.
-Por...-no podía coordinar mis ideas- ¿Al menos puedo saber tu nombre?
-No es importante saber como se llama alguien para conocerlo-respondió al tiempo que se marchaba.
-Pero ni siquiera nos conocemos-alcancé a decir entre susurros, antes de que las lágrimas comenzaran a salir.
Enrique R

1 comentario:

vuelo de hada... dijo...

Un encuentro casual de esos que marcan para siempre.
Que bonita historia, aunque sin final de perdices.
Un abrazo