sábado, 12 de diciembre de 2009

La boda

Se suponía que este sería el día más feliz de toda su vida.

Era el día de la boda de Jazmín. Ella sentía como si el alma se le hubiese volado fuera del cuerpo, creía ver todo desde el exterior, como una espectadora de sí misma.

Veía su cara cubierta con el clásico velo que complementaba su largo vestido blanco. Todo estaba en silencio, su novio trajeado de negro a su lado derecho y tomándola de la mano; su padre en una silla justo atrás de los comprometidos.

No comprendía lo que pasaba, debería estar feliz, emocionada, pero nada. Ella estaba en calma, no sentía absolutamente sentimiento alguno, a excepción tal vez de una ligera nostalgia muy en el fondo de su ser.

Jazmín notó algo que la desconcertó de momento, su novio estaba llorando; “qué extraño” pensó, pues las novias son las que suelen llorar en estas ocasiones y su comprometido no solía ser el sujeto sentimental al que ahora estaba observando.

La boda estaba planeada para las 12 de la tarde y al cuarto para las dos nadie había llegado aún. Se empezaba a preguntar lo que pasaba y volvió a echar un vistazo a donde ella y su novio aguardaban.

Fue entonces cuando se dio cuenta. Se encontró recostada sobre una especie de altar, sin ninguna expresión bajo el velo. Una cruz formada con veladoras y su nombre escrito con pétalos de flores.Ya se había percatado de lo que sucedía. Jazmín comprendió por que podía ver la escena desde fuera y la razón de que su novio llorara; sin embargo había una cosa que no entendía.

Tenía puesto su vestido de novia, iba a ser enterrada con él, ella así lo hubiese querido. Jazmín había muerto la noche anterior, pero nadie supo cómo ni por qué.

El padre se levantó cuidando que nadie viera dónde escondía el frasco con las pastillas, las mismas que impidieron la boda de su hija, ese mismo día.
Enrique R

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