domingo, 14 de marzo de 2010

La leyenda de la noche (Final)

Estuve esperando con ansia el siguiente viernes, me preguntaba que tal le estaría yendo al muchacho de la guitarra desde la semana pasada; de nuevo lo volvería a ver. Fui al bar como ya era de costumbre, caminé más allá de la plazuela donde nos dimos aquel beso y entré.

El bar estaba vacío, a excepción de unos cuantos clientes y el dueño del local. La silla donde siempre se sentaba estaba sola, como si supiera de antemano lo que sucedería.

-Disculpe, ¿sabe dónde está el muchacho que viene cada viernes?-le pregunté al hombre que me atendió la primera vez.
-Oh! Eres tú.-me contestó-No lo sé, hoy vino a avisar que se iba, sólo eso.

Sentí que con esas palabras mi corazón se llenaba de yagas; un vacío inmenso recorrió mi cuerpo como una helada de aire. La felicidad que hace unos momentos irradiaba se desvanecía para abrirle paso a ese extraño sentimiento. Me quedé esperando algunas horas más con la esperanza de que volviera a entrar por esa puerta como semanas anteriores, todo en vano, pues sin duda esa noche no oiría los melódicos acordes acústicos de su guitarra.

Así pasó un viernes, el otro y el siguiente; la inspiración moría, se desgastaba sólo de pensar que era una semana más que pasaba sin verlo, sin perderme dentro de su música. Ciertamente los ansiados viernes se convertían en una vuelta de moneda, echaba todo a la suerte, pero siempre era el mismo resultado, cada viernes que regresaba a ese lugar él no estaba y mis esperanzas se destrozaban más por verlo una vez más.

Resultó que uno de los tantos viernes en los que regresaba al bar una lágrima comenzó a deslizarse por un camino que recorría mi mejilla; no me explicaba la razón de esto, llevaba mes y medio tratando de averiguar que habría sido de aquel muchacho después de que se marchó sin decir palabra alguna.
Además se había ido después de nuestro encuentro en la plazuela. No podía creerlo, ni siquiera pude platicar con él; fue algo inesperado, algo mágico que sólo hubiera podido ser parte de un sueño, pero estoy segura que no lo era, fue tan real, las emociones y sentimientos seguían latentes. Era como un cuento de hadas, él era el dragón y yo la princesa que se dejó capturar; lo malo es que alguien se olvidó de escribir el final feliz.

-No llores- me dijo una voz que iba acercándose –si lo sigues haciendo las lágrimas no te dejarán
ver las estrellas.
-¿Cuáles estrellas? ¿No has visto el cielo esta noche? No hay nada sino oscuridad- respondí un tanto altanera.
-No me refería a eso-se defendió el desconocido.
-Imagina que aquí dentro es de noche…-pausó unos segundos, como si le costara trabajo completar su frase-…y que yo soy tu cielo estrellado.

Me quedé petrificada, sorprendida, estaba segura que había escuchado antes esas palabras y esa voz se hacía cada vez más familiar. Me levanté de la silla y volteé hacia él. Era el muchacho de la guitarra y alguna vez pronunció esas mismas palabras en una de sus canciones. Ni siquiera supe lo que sentí cuando me di cuenta que era él, sólo me acerqué y lo abracé con todas mis fuerzas.

-¡Tonto! ¿Por qué te fuiste?-pregunté sin poder contener las lágrimas.
-Estaba confundido, tenía que darme un tiempo para pensar.
Me quede pensando y traté de contestar lo menos alterada posible –Bueno, ya regresaste, ahora si podremos darnos tiempo para conocernos.
-Sí, ya lo creo. Empecemos con saber tu nombre.
-No es necesario saber el nombre de alguien para conocerlo.
Sonrió ante mi respuesta, quizá un posible dejavú.
-Cierto. Bien, ahora siéntate y deja que te invite un chocolate caliente, claro, sin azúcar.
Enrique R

1 comentario:

vuelo de hada... dijo...

Que bonita historia!
Que buen final, porque aunque a veces nos aburran siempre los mismos finales. nada como los felices y comieron perdices....
Un abrazo y me gusto mucho este relato.
Esa combinación de música con el amor...es simplemente prefecta!