sábado, 28 de noviembre de 2009

Despedida

Silencio.

Está a punto de empezar a llover. Aquel hombre camina errante como si no tuviera qué perder y se detiene al borde de las escaleras. Toma un pequeño vistazo, ve que ella se viene acercando con un paso calmado hacia él. Él la espera hasta que llegue a donde está, pero sigue caminando sin notar su presencia. Su mirada la sigue hasta que pasa el descanso de las escaleras y desaparece.

Aquel hombre que caminaba errante hacia las escaleras se queda desconcertado ¿A dónde va ella? ¿Por qué ni siquiera se despidió? Mueve el pie derecho y luego el izquierdo, empieza a caminar por donde ella lo hizo hace unos segundos, sigue su camino, pretende conseguir algunas cuántas respuestas. Baja un piso, luego otro y continúa hacia la puerta de cristal. La gente a su alrededor parece no importarle, tampoco el hecho de que grandes nubes negras están cubriendo la bóveda celeste.

Apresura un poco el paso con el único fin de alcanzarla, sin que ella se de cuenta, él ya se encuentra a unos cuantos pasos. El hombre lanza un gritó clamando su nombre y ella se detiene; él avanza unos metros para colocarse frente a frente. Cuando está a punto de lanzarle miles de preguntas, se le vienen a la mente todos los sentimientos y emociones que ella le había provocado. Era ella quién le había arrancado tantos suspiros y ese instante se convierte en el momento preciso.

Al ser incapaz de controlarse, el hombre se abalanza súbitamente hacia ella con ilusión en su rostro al tiempo que ella se arroja a sus brazos. Él dice todo lo que había estado guardando.
Ambos se reparten los besos y caricias que mantenían en secreto. Todo es como un sueño…un sueño que no es más que eso, nada más de lo que pasaba en los pensamientos de aquel hombre, de lo que imaginaba.

Regresa a la realidad.

Se miran a los ojos. Él separa los labios para pronunciar aquellas hermosas frases que jamás tuvo el valor de decir. Exhala un suspiro y se le olvidan todas las palabras que tanto ensayó, todo lo que quiso decir hace unos segundos ya no está.

Podía decirle cualquier cosa, pedirle que esperara un poco más, que no se fuera. Aquel hombre no hace nada para evitar su partida. Un simple adiós es la única palabra que emana de entre sus labios apenas abiertos.

Ganas de correr, ganas de huir de ese lugar.

Ella con la mirada hacia el suelo, alza poco a poco su rostro hasta estar en contacto con sus ojos. Él la mira fijamente, a ella y a sus ojos a punto de llorar.

Esperan unos segundos, aún mirándose de frente. Ambos impacientes, aguardando que suceda algo que los aferre el uno al otro para siempre, por unos minutos más. Segundos pasan robándose el tiempo, pero nada ocurre. Podrían seguir ahí por siglos, pero empieza a llover.Ella le responde con un hasta siempre que deja con su partida todas las fantasías guardadas, pero se lleva con ella todas las cálidas experiencias que vivieron juntos. Una lágrima de nostalgia recorre su mejilla derecha. Se da cuenta que es tiempo de partir, aunque por dentro no lo desee.

Recuerdos golpeado el presente.

Se vuelven a dirigir una mirada inocente. No dicen nada y ella se marcha. Él no puede dejar las cosas así, tiene que hacer algo. Quiere cumplir sus más grandes sueños, a cualquier precio, eso no importa, ya nada importa. Grita su nombre y la llama, ella no lo escucha; corre para hacia donde está y aunque ella vaya con paso calmado, no es capaz de alcanzarla.

Ella sube unas escaleras y se esfuma.

Aquel hombre se tira al suelo y llora. No cesa el dolor que siente por haberla dejado ir. Imagina esos ojos que lloraban cuando se despidieron de él mientras llovía. La recuerda, no logra olvidar sus tiernos ojos verdes que vio por última vez hace tres años, cuando con una sonrisa partió de su vida. La piensa y suspira por ella.

Es de noche y aún sigue lloviendo.
Enrique R

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